Lo que nunca me dijo

Palacio de los condes de Arriba. Cehegín. Murcia

Hacía siete años que no pisaba nuestra casona solariega: un palacio en el campo, en medio de cultivos y bosques. Allí vivía mi madre con algunos sirvientes; a ella no le gustaban las formas de vida propias de la Corte, donde estaba mi padre, sirviendo al rey Fernando VII. En esta casona viví y disfruté hasta que cumplí los dieciocho años. A esa edad mi padre me llamó a Madrid, a su lado, para hacer carrera en el entorno más cercano al rey. Sin embargo, cuando este enfermó decidió alejarme de un ambiente cada vez más enrarecido y regresé.
Al día siguiente a mi llegada, mi madre dijo que quería hablarme. Me preocupé, no debían ser buenas noticias. Lo soltó de golpe: “tienes un bastardo”. Más que pasmado me quedé atónito. “De Dolores”, añadió. Era norma en la época que los señores se estrenaran sexualmente con las sirvientas; y eso hice yo, aunque no forcé a Dolores: los dos queríamos. Ella tenía quince años entonces. La había olvidado por completo y ahora, de golpe, aparecía un hijo bastardo. Mi madre afirmó que todo estaba solucionado y que el niño se encontraba bien. Cuando se leyó su testamento, años después, me enteré de que Emilio, el caballerizo al que tanto maltrataba, era mi hijo.

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