Lo que nunca me dijo

Palacio de los condes de Arriba. Cehegín. Murcia

Hacía siete años que no pisaba nuestra casona solariega: un palacio en el campo, en medio de cultivos y bosques. Allí vivía mi madre con algunos sirvientes; a ella no le gustaban las formas de vida propias de la Corte, donde estaba mi padre, sirviendo al rey Fernando VII. En esta casona viví y disfruté hasta que cumplí los dieciocho años. A esa edad mi padre me llamó a Madrid, a su lado, para hacer carrera en el entorno más cercano al rey. Sin embargo, cuando este enfermó decidió alejarme de un ambiente cada vez más enrarecido y regresé.
Al día siguiente a mi llegada, mi madre dijo que quería hablarme. Me preocupé, no debían ser buenas noticias. Lo soltó de golpe: “tienes un bastardo”. Más que pasmado me quedé atónito. “De Dolores”, añadió. Era norma en la época que los señores se estrenaran sexualmente con las sirvientas; y eso hice yo, aunque no forcé a Dolores: los dos queríamos. Ella tenía quince años entonces. La había olvidado por completo y ahora, de golpe, aparecía un hijo bastardo. Mi madre afirmó que todo estaba solucionado y que el niño se encontraba bien. Cuando se leyó su testamento, años después, me enteré de que Emilio, el caballerizo al que tanto maltrataba, era mi hijo.

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El río.

rio nilo

 

El río se lo había tragado todo. El verdor del valle había desaparecido por completo y había sido sustituido por una capa de lodo, color marrón, que se extendía por ambas márgenes del río. Los límites de los campos se diluyeron, las acequias desaparecieron, los caminos habían dejado de existir. Solamente las aldeas situadas en los altozanos próximos se salvaron de las aguas.

Sinuhé y su familia contemplaban con alegría la devastación extendida a sus pies; estaban felices. Este año la inundación había sido provechosa, no como la del año pasado que arrasó todo, condenándolos al hambre. Esta había durado casi dos semanas, tiempo suficiente para el limo se deposite sobre las tierras y que estas se renueven y fertilicen.

–¡El año próximo tendremos una gran cosecha! – afirmó Sinuhé.

Se arrodillaron hacía donde fluían las aguas y agacharon sus cabezas hasta que sus frentes tocaron el suelo. Oraron a Satet (la diosa del río): “Oh, Satet, que nos traes cada año el germen de la vida y de la muerte, acepta nuestras ofrendas”. Al levantarse, observaron la inmensidad ocre del desierto que los rodeaba por todas partes menos por una.

Texto presentado al reto semanal de Portaldelescritor (23-junio-2017). Comenzar un relato con la frase. “El río se ha tragado todo”. Extensión máxima: 15 líneas. Seleccionado.  Grupo de Facebook