La investigación

 

Fuente: https://www.yorokobu.es

La investigación que estaba realizando me absorbía totalmente. Siempre me ocurría cuando emprendía un nuevo proyecto; llegaba a obsesionarme. Pero, en esta ocasión, la obstinación iba más allá de lo que podía considerarse normal: vivía dedicado a ese trabajo, exclusivamente. Se trataba del encargo de una extraña fundación con sede en Ginebra: quería que investigase sobre la brujería en los países protestantes durante la época del Barroco. Me había comprometido y debía cumplir. Estaba en una fase inicial, aunque ya había acumulado bastante información, alguna de primera mano y desconocida hasta ese momento. Sin embargo, me atasqué.

Ese día estaba exhausto, mi mente ya no daba más de sí. Decidí salir a pasear un rato y, de paso, acercarme a una tienda de discos, de las pocas que iban quedando en la ciudad, para buscar un par de obras relacionadas con la temática de mi investigación. La tienda era pequeña, pero ofrecía bastante surtido, especialmente de música clásica; incluso disponía de vinilos, otra vez de moda tras décadas postergados. El fondo musical estaba organizado por autores así que, como sabía lo que quería, fui directamente a los estantes que contenían la letra D y la P. Buscaba “La bruja del mediodía” de Antonin Dvorak y “Las brujas” de Niccolò Paganini. Era una vieja costumbre: cuando investigaba algo, procuraba escuchar música del período o del tema en cuestión, así era más fácil entrar en el espíritu de la época.

La tienda estaba casi vacía, tranquila. Ya con los discos en la mano me dediqué a ojear algunas de las novedades. Fue entonces cuando me percaté de la presencia de una mujer de mediana edad, muy bella, pelirroja, vestida con un conjunto negro que contrastaba con el tono de su pelo.

–Vaya, veo que le interesa el tema de la brujería –dijo, dirigiéndose ahacia mí y viendo los cedés que llevaba en la mano.

A partir de ahí iniciamos una conversación sorprendente e interesante. Conocía bien el mundo de la brujería, no solamente desde una perspectiva esotérica sino también académica. Era violinista y se estaba tomando un año sabático después de una gira agotadora; eso me dijo. Hablamos después de música, de arte, de literatura; congeniamos enseguida. Le propuse tomar un café y aceptó. Entramos en una cafetería cercana, un lugar con pretensiones aunque acogedor. Nos sentamos en una mesa situada junto a un gran ventanal que facilitaba una espléndida vista de la calle. Comenzó a llover y eso contribuyó a crear un ambiente más intimista. Me encontraba a gusto allí, con aquella mujer, Carolina. Me escuchó atenta cuando le comenté mi actual investigación y se ofreció a ayudarme, si podía.

Nos vimos al día siguiente, también por la tarde. Ella vino a mi casa y allí, sobre el material recopilado, le expliqué con detalle lo que estaba haciendo, mis dificultades. Puso atención. Me gustaba su actitud, incluso a mi gato Rómulo pareció agradarle, cosa extraña porque era muy arisco; se dejaba acariciar por ella con un ronroneo profundo. Me comentó que también tenía un gato, se llamaba Seth. Amaba a los animales, más que a las personas la mayoría de las veces, explicó con una sonrisa maliciosa.

La invité a cenar. Yo no cocinaba, pero pedimos varios platos a un restaurante hindú y nos los comimos en casa, acompañados de un buen vino. Se nos hicieron las tantas y ocurrió lo inevitable: se quedó a dormir. Desnudos, sucumbimos al deseo de forma natural, sin estridencias pero con pasión, hasta el agotamiento.

Cuando desperté, Carolina se había marchado. Su olor, dulce e intenso, aún permanecía en mi piso. Llamé a Rómulo, no contestó. Tampoco lo busqué, ya tendría hambre y vendría. Desayuné y volví al trabajo. Encendí el ordenador y abrí la carpeta correspondiente. Casi me da un infarto: ¡toda mi investigación perdida, mis meses de trabajo desaparecidos! Hasta la copia de seguridad que tenía en un disco externo estaba borrada. Una oleada de rabia, de ira, me invadió; agoté todos los insultos que conocía. Carolina me había jodido bien.

Busqué su nombre en internet y, en efecto, era una violinista rumana, pero tenía más de setenta años y vivía en Bucarest. Intenté contactar con ella y no lo logré. Mi gato también desapareció.

 

 

 

 

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