Ya no tienen miedo.

 

Ya no tienen miedo. El poder, léase el conglomerado formado por instituciones políticas, grandes empresas, multinacionales, bancos, financieras, etc., ya no tiene miedo a los movimientos sociales. No ven ninguna posibilidad de que el pueblo llano, léase trabajadores, funcionarios, desempleados, estudiantes, pequeños empresarios, etc., inicie algún tipo de cambio más o menos revolucionario.

Lo dijo ayer Rajoy en Bruselas. Parece que todo político gobernante que se precie debe haber padecido su huelga general; es como una medalla al mérito. Pero no denotaba miedo, ni preocupación, simplemente resignada aceptación. La frase de Rajoy   muestra una forma de pensar que comenzó a fraguarse cuando cayó el muro de Berlín en 1989. Hasta entonces, en la Europa occidental, se había impuesto un modelo de capitalismo caracterizado por el Estado de Bienestar; ello permitió la mejora salarial de las rentas del trabajo, un amplio abanico de servicios ofrecidos por el Estado de forma gratuita (sanidad, educación, ayudas sociales,..) y un sistema impositivo equitativo  que promovía la redistribución.

Este modelo se impuso con el acuerdo de la mayoría de las fuerzas políticas del momento: cristiano-demócratas y socialdemócratas, estos últimos con un discurso más radical que el actual. Fue un consenso que se extendió además a unos sindicatos poderosos. Pero, desaparecido el peligro comunista, el sustento ideológico del modelo quedó en entredicho. El comunismo había fracasado como sociedad y ya no había opción alternativa. Y con ello llegó el neoliberalismo, y más tarde la globalización, y el predominio de la economía financiera (libre de trabas legales) sobre la productiva, y las crisis financieras, y la Gran Recesión, y la obsesión por el déficit y el olvido del crecimiento, y el desmantelamiento del Estado de Bienestar, y el denuesto de lo público, y…

Ya no tienen miedo. No existe alternativa alguna dicen. Es verdad, aquellos que podían plantearla están desmantelados; los movimientos sociales desarbolados (en aras del individualismo consumista) aunque esporádicamente muestren tímidos brotes de vida (movimiento 15M), los sindicatos desprestigiados, la izquierda sin doctrina ni ideología que la impulse, ¿por qué han de tener miedo?. El Estado de Bienestar surgió gracias a la amenaza del comunismo, pero ¿qué instrumentos existen ahora para contener el alud neoliberal?

Artículo escrito en febrero de 2012, en el pleno calor de la crisis económica.

El ajedrez

El Rey Negro se enrocó en una esquina del campo de batalla, protegido por una de sus torres y varios peones. Era un enfrentamiento crudo, áspero, en que los combatientes pretendían controlar el centro del tablero. Los peones de ambos bandos, prescindibles, eran sacrificados para lograr ese objetivo. Los caballeros y los alfiles blancos rompían las líneas de las tropas negras y estas retrocedían para proteger a su Rey, amenazado por el avance enemigo.

Ante las buenas perspectivas de la batalla, el Rey Blanco decidió avanzar unas casillas, siempre bien escoltado. Hasta entonces, las respectivas Damas se habían mantenido en un discreto segundo plano. Pero el curso de la batalla reclamaba ya su actuación.

Tras caer herido un caballero negro, el alfil blanco que se movía por la diagonal de su mismo color vio a la hermosa Dama Negra: era un objetivo fácil. Sin embargo, se quedó pasmado, embobado con su belleza; aplazó su ataque porque no podía concebir la muerte de tanta hermosura. Esta duda le costó la vida y, a las blancas, la victoria. Finalmente, ambos bandos firmaron tablas en paz.

 

 

Melissa

Third Avenue and 149 St. intersection in the Bronx, New York, on Oct. 9, 2016. (Samira Bouaou/Epoch Times)

Melissa fue mi alumna en la clase de K8. Tenía entonces diez u once años y, en realidad, le correspondía un nivel de K6 pero manifestaba  un claro perfil de superdotada. Nuestro colegio estaba situado en el sur del Bronx, una zona conflictiva y degradada de Nueva York. No me agradó el destino como profesora pero tampoco pude elegir.

Un día, al acabar la clase, se me acercó y preguntó:

–Profesora, ¿por qué lleva usted una pistola en el bolso?

–¿Cómo sabes eso?

–Se la vi ayer, cuando usted guardaba los cuadernos y la apartó para hacer sitio.

–La llevo para protegerme. Algunos días acabo tarde las clases y tengo que coger el metro. Sabes que de noche es peligroso –le dije a modo de justificación.

–La pistola no le servirá de nada. Mi tío Ramón tenía una y lo mataron igualmente.

–Es posible. En realidad no creo que la utilice, pero me da seguridad.

–Si la lleva acabará utilizándola– me respondió con una madurez sorprendente.

–Pero entonces, ¿qué hago?

–Lo que usted puede hacer no se ve de forma inmediata; es a largo plazo. Usted puede educarnos, enseñarnos a comprender el mundo y, después, a mejorarlo. Esa es su fuerza.

Me quedé pensativa tratando de entender su comentario. Poco después su madre me lo explicó: su tío y su joven primo fueron asesinados en un ajuste de cuentas. La niña había comprendido que la violencia no solucionaba los problemas sino que los llevaba al límite. Melissa, a pesar de su corta edad, supo ver eso; y, al mismo tiempo, que la única posibilidad de salvación estaba en la educación, sobre todo para los pobres como ella y su familia. Mucho más tarde me enteré, con inmensa alegría, que había sido admitida en la City University of New York.

El Paraíso

Todos cabemos en el paraíso; eso le decía el sacerdote. Pero luego, la calle lo desmentía. Cuando encontró a la chica, pensó un momento qué hacer, porque estaba claro que tenía que actuar. La imagen de ella con la jeringa clavada en la vena del brazo, le había conmocionado. Llamó a emergencias y esperó la llegada de la ambulancia. Antes, tiró por el wáter el paquete con heroína que había encontrado a su lado.

La trasladaron, inconsciente, a un hospital donde la dejaron ingresada. Tardaría varios días en recuperarse y luego sería enviada a una clínica de desintoxicación. Ya era la segunda vez que esto ocurría y sabía que no podría protegerla eternamente.

Además, por lo que había visto en la habitación, también se dedicaba a traficar. El problema se agravaba: era seguro que ella todavía no habría pagado el paquete que tiró. Y eso representaba varios miles de dólares que alguien reclamaría.

La solución sería esconderla en algún lugar, apartarla de las calles donde la esperaba una muerte segura. Se acordó entonces de un motel situado en pleno desierto y a cuyo dueño conocía. Ella pudo entrar en El Paraíso.

La epidemia

“El Triunfo de la Muerte”. Pieter Brueghel, h. 1562. Museo del Prado.

La epidemia se iba extendiendo por doquier. Los cadáveres se amontonaban en las calles sin que nadie los recogiera y, cada día, su número aumentaba. Lo más horrible eran las pústulas en el rostro; facciones deformadas hasta lo grotesco y bubones supurando un líquido rojizo. Poco después llegaba el vómito negro: la muerte. Y, con ella, el espanto de los supervivientes.

Inés se había refugiado en una capilla y allí permanecía sola, aterrada, sin atreverse a salir. El miedo le hacía temblar. Escuchó un ruido y se puso tensa. De repente, la puerta se abrió y entró un muchacho. No parecía enfermo. Se miraron y ambos sonrieron. Le dijo su nombre: Samuel.

Estaba anocheciendo y hacía frío. Se acurrucaron uno junto al otro. Él la acarició y ella respondió a su contacto. Se besaron con una intensidad inaudita para sus débiles cuerpos; se amaron con furia, con prisas adolescentes, como si el mundo se fuese a acabar.

–¿Estaremos siempre juntos? – preguntó ella.

–Sí.

Cuando la epidemia concluyó, en la capilla de San Judas Tadeo, hallaron abrazados los cadáveres de dos jóvenes.

Texto presentado al reto semanal de Portaldelescritor (16-junio-2017). Mezcla de géneros: amor y terror. Extensión máxima: 15 líneas. Seleccionado.  Grupo de Facebook. Seleccionado

La confesión

Era miércoles. En el colegio, todos los miércoles nos confesábamos y asistíamos a misa. La cola ante el confesionario era larga, lo cual nos hizo suponer que el confesor era el padre Carloni. Sabíamos que la cola no estaba provocada por la importancia de nuestros pecados, que siempre eran los mismos y estaban relacionados, casi todos, con el sexto mandamiento. Sin duda, era el que más incumplíamos.

El padre Conforti tenía una peculiaridad: no ponía las tradicionales penitencias de plegarías y oraciones. Simplemente te daba guantazos; tantos pecados tantos guantazos. Variaba la intensidad, claro. No era lo mismo quitarle cinco duros a tus padres que pillarte con una revista porno. Aunque, hay que decirlo, siempre sonreía. Ese día cobramos todos; estábamos a las puertas de la primavera.

Esta metodología le funcionaba bien. Había adquirido, incluso, un cierto arte en la gradación del guantazo. Todo discurría con normalidad hasta que, en una de estas ocasiones, un compañero, harto de frailes, de misas, de bofetadas, de estar castigado los domingos por la tarde, se revolvió y le atizó un puñetazo que acabó con el padre Conforti inconsciente sobre el confesionario.

Es cierto que nunca volvimos a ver a nuestro compañero pero también es cierto que el padre Conforti no nos volvió a confesar jamás.

El río.

rio nilo

 

El río se lo había tragado todo. El verdor del valle había desaparecido por completo y había sido sustituido por una capa de lodo, color marrón, que se extendía por ambas márgenes del río. Los límites de los campos se diluyeron, las acequias desaparecieron, los caminos habían dejado de existir. Solamente las aldeas situadas en los altozanos próximos se salvaron de las aguas.

Sinuhé y su familia contemplaban con alegría la devastación extendida a sus pies; estaban felices. Este año la inundación había sido provechosa, no como la del año pasado que arrasó todo, condenándolos al hambre. Esta había durado casi dos semanas, tiempo suficiente para el limo se deposite sobre las tierras y que estas se renueven y fertilicen.

–¡El año próximo tendremos una gran cosecha! – afirmó Sinuhé.

Se arrodillaron hacía donde fluían las aguas y agacharon sus cabezas hasta que sus frentes tocaron el suelo. Oraron a Satet (la diosa del río): “Oh, Satet, que nos traes cada año el germen de la vida y de la muerte, acepta nuestras ofrendas”. Al levantarse, observaron la inmensidad ocre del desierto que los rodeaba por todas partes menos por una.

Texto presentado al reto semanal de Portaldelescritor (23-junio-2017). Comenzar un relato con la frase. “El río se ha tragado todo”. Extensión máxima: 15 líneas. Seleccionado.  Grupo de Facebook