Lo que nunca me dijo

Palacio de los condes de Arriba. Cehegín. Murcia

Hacía siete años que no pisaba nuestra casona solariega: un palacio en el campo, en medio de cultivos y bosques. Allí vivía mi madre con algunos sirvientes; a ella no le gustaban las formas de vida propias de la Corte, donde estaba mi padre, sirviendo al rey Fernando VII. En esta casona viví y disfruté hasta que cumplí los dieciocho años. A esa edad mi padre me llamó a Madrid, a su lado, para hacer carrera en el entorno más cercano al rey. Sin embargo, cuando este enfermó decidió alejarme de un ambiente cada vez más enrarecido y regresé.
Al día siguiente a mi llegada, mi madre dijo que quería hablarme. Me preocupé, no debían ser buenas noticias. Lo soltó de golpe: “tienes un bastardo”. Más que pasmado me quedé atónito. “De Dolores”, añadió. Era norma en la época que los señores se estrenaran sexualmente con las sirvientas; y eso hice yo, aunque no forcé a Dolores: los dos queríamos. Ella tenía quince años entonces. La había olvidado por completo y ahora, de golpe, aparecía un hijo bastardo. Mi madre afirmó que todo estaba solucionado y que el niño se encontraba bien. Cuando se leyó su testamento, años después, me enteré de que Emilio, el caballerizo al que tanto maltrataba, era mi hijo.

Las deudas

Fuente: http://www.salud180.com

Ya se las apañarían para pagar las facturas. Eso pensaban ilusoriamente. Todo tiene un precio y todos tenemos deudas. ¿Quién puede seguir un camino sin pagar peajes?, ni siquiera siendo un ángel, o quizás un demonio; a efectos de pago da igual. Podemos hacer un “simpa”, huir, escondernos, ocultarnos, pero resulta inútil: el pasado reaparece inexorablemente y reclama sus derechos.
Las facturas adquieren formas muy variables: venganzas, arrepentimientos, pesadillas, huidas, etc. Y siempre hay hombres de negro que reclaman nuestras deudas; como les ocurrió a ellos. Quisieron engañarse olvidándolas; pensaron que así estaban amortizadas, pero se equivocaban. El libro del tiempo lo tiene todo escrito y, por tanto, nada queda abandonado.

La investigación

 

Fuente: https://www.yorokobu.es

La investigación que estaba realizando me absorbía totalmente. Siempre me ocurría cuando emprendía un nuevo proyecto; llegaba a obsesionarme. Pero, en esta ocasión, la obstinación iba más allá de lo que podía considerarse normal: vivía dedicado a ese trabajo, exclusivamente. Se trataba del encargo de una extraña fundación con sede en Ginebra: quería que investigase sobre la brujería en los países protestantes durante la época del Barroco. Me había comprometido y debía cumplir. Estaba en una fase inicial, aunque ya había acumulado bastante información, alguna de primera mano y desconocida hasta ese momento. Sin embargo, me atasqué.

Ese día estaba exhausto, mi mente ya no daba más de sí. Decidí salir a pasear un rato y, de paso, acercarme a una tienda de discos, de las pocas que iban quedando en la ciudad, para buscar un par de obras relacionadas con la temática de mi investigación. La tienda era pequeña, pero ofrecía bastante surtido, especialmente de música clásica; incluso disponía de vinilos, otra vez de moda tras décadas postergados. El fondo musical estaba organizado por autores así que, como sabía lo que quería, fui directamente a los estantes que contenían la letra D y la P. Buscaba “La bruja del mediodía” de Antonin Dvorak y “Las brujas” de Niccolò Paganini. Era una vieja costumbre: cuando investigaba algo, procuraba escuchar música del período o del tema en cuestión, así era más fácil entrar en el espíritu de la época.

La tienda estaba casi vacía, tranquila. Ya con los discos en la mano me dediqué a ojear algunas de las novedades. Fue entonces cuando me percaté de la presencia de una mujer de mediana edad, muy bella, pelirroja, vestida con un conjunto negro que contrastaba con el tono de su pelo.

–Vaya, veo que le interesa el tema de la brujería –dijo, dirigiéndose ahacia mí y viendo los cedés que llevaba en la mano.

A partir de ahí iniciamos una conversación sorprendente e interesante. Conocía bien el mundo de la brujería, no solamente desde una perspectiva esotérica sino también académica. Era violinista y se estaba tomando un año sabático después de una gira agotadora; eso me dijo. Hablamos después de música, de arte, de literatura; congeniamos enseguida. Le propuse tomar un café y aceptó. Entramos en una cafetería cercana, un lugar con pretensiones aunque acogedor. Nos sentamos en una mesa situada junto a un gran ventanal que facilitaba una espléndida vista de la calle. Comenzó a llover y eso contribuyó a crear un ambiente más intimista. Me encontraba a gusto allí, con aquella mujer, Carolina. Me escuchó atenta cuando le comenté mi actual investigación y se ofreció a ayudarme, si podía.

Nos vimos al día siguiente, también por la tarde. Ella vino a mi casa y allí, sobre el material recopilado, le expliqué con detalle lo que estaba haciendo, mis dificultades. Puso atención. Me gustaba su actitud, incluso a mi gato Rómulo pareció agradarle, cosa extraña porque era muy arisco; se dejaba acariciar por ella con un ronroneo profundo. Me comentó que también tenía un gato, se llamaba Seth. Amaba a los animales, más que a las personas la mayoría de las veces, explicó con una sonrisa maliciosa.

La invité a cenar. Yo no cocinaba, pero pedimos varios platos a un restaurante hindú y nos los comimos en casa, acompañados de un buen vino. Se nos hicieron las tantas y ocurrió lo inevitable: se quedó a dormir. Desnudos, sucumbimos al deseo de forma natural, sin estridencias pero con pasión, hasta el agotamiento.

Cuando desperté, Carolina se había marchado. Su olor, dulce e intenso, aún permanecía en mi piso. Llamé a Rómulo, no contestó. Tampoco lo busqué, ya tendría hambre y vendría. Desayuné y volví al trabajo. Encendí el ordenador y abrí la carpeta correspondiente. Casi me da un infarto: ¡toda mi investigación perdida, mis meses de trabajo desaparecidos! Hasta la copia de seguridad que tenía en un disco externo estaba borrada. Una oleada de rabia, de ira, me invadió; agoté todos los insultos que conocía. Carolina me había jodido bien.

Busqué su nombre en internet y, en efecto, era una violinista rumana, pero tenía más de setenta años y vivía en Bucarest. Intenté contactar con ella y no lo logré. Mi gato también desapareció.

 

 

 

 

Andrea Camilleri, uno de los maestros de la novela policiaca “mediterránea”

EL PAÍS de hoy publica esta interesantísima entrevista con uno de los padres de la novela negra “mediterránea”: Andrea Camilleri. Un hombre y una obra imprescindibles.

Fuente: EL PAÍS. 

Enlace de la entrevista:  https://elpais.com/cultura/2017/12/10/actualidad/1512915351_735570.html

 

La carretera infinita

Fuente: https://www.motorafondo.net/

La ventisca les hacía ir despacio a pesar de que sabían que la carretera se extendía recta, como trazada con una regla, por aquel paraje despoblado. Llevaban así varias horas y el temporal no tenía visos de mejorar. Apenas si se veía a través de los cristales; la radio no funcionaba, solamente emitía estática. Adolfo conducía, guiado más por la intuición que por un GPS que parecía haberse vuelto loco. Le extrañaba no haberse cruzado con ningún coche en las últimas horas.
Al llegar a un altozano pudieron vislumbrar como la carretera se perdía rectilínea hasta un horizonte difuso, sin nada que indicase vida. Berta se intranquilizó y Cristina miraba con expectación a su novio sin saber qué decir. Cada vez nevaba más.
Les empezó a doler la cabeza y Adolfo tuvo que parar porque se había mareado. Cristina sangró levemente por la nariz. Hacía mucho frío, aunque la nieve había dado una breve tregua. Berta, nerviosa, comenzó a caminar alrededor del coche, entonces vio que, a lo lejos, se divisaba un cartel, aunque no podía descifrar lo que decía. Se acercó lo suficiente para leerlo y alarmarse: Roswell. Zona de Alta Contaminación Radioactiva y Electromagnética. Prohibido el Paso. El coche ya no volvió a arrancar.

La búsqueda

https://ricardodiazblog.wordpress.com

No pudo seguir adelante sin ella. En algún momento de su peregrinaje la perdió. Después, lo intentó de todas las maneras posibles: volviendo al pasado, retirándose al fin del mundo para buscar la soledad, contemplando bosques otoñales o mares embravecidos, hurgando en el dolor, mostrando la alegría, sumergiéndose en la vorágine callejera, revolviendo cajones… Era inútil. La blancura del folio seguía inmaculada y la búsqueda era infructuosa, ella, la primera, se resistía a salir del útero de su memoria. Aquella imposibilidad le forzó a buscar otra solución; en vez de una, utilizaría dos palabras: se acabó.