La verdad está ahí arriba

Fuente: El Comercio. Perú.

Soledad consultaba todos los días el horóscopo que aparecía en el periódico. Siendo justos no se podría decir que rigiera su vida en función de las predicciones que allí leía; pero digamos que se dejaba orientar por ellas. Creía a pies juntillas en las características que los astrólogos establecían como propias de cada signo y había leído algunos libros al respecto. Ella lo consideraba un bagaje suficiente para sustentar sus opiniones.

Trabajaba de dependienta en una zapatería, en la misma desde hacía mucho tiempo. Una de las pocas que no habían caído en manos de las grandes cadenas. El dueño, el señor Fidel, tenía plena confianza en ella. Era trabajadora y digna de fiar.

Menuda, morena, con el pelo corto y un físico agradable, aunque no hermoso, seguía soltera. Había tenido pretendientes, pero todas las relaciones acabaron fracasando. Como no podía concebir que las causas dependieran de ella o de ellos, siempre atribuía sus decepciones al destino o a los astros. A veces pensaba que simplemente tenía mala suerte con los hombres, pero eso solamente ocurría cuando estaba deprimida.

Ella era del signo de Piscis. Veía que su forma de ser era un claro ejemplo de lo que se suponía típico de ese signo. Esa tarde tenía una cita con un hombre que era Capricornio; en principio, un signo compatible. Quedaron en una pizzería situada en un centro comercial. Ella llegó primero. Al poco rato, apareció un hombre alto con una bufanda verde; era la señal convenida.

–Buenas tardes, ¿tú debes ser Soledad? –preguntó él.

–Así es. Y tú eres Jaime, ¿verdad?

–Encantado –dijo descendiendo la mejilla para encontrar la de ella buscando un beso a modo de saludo. Ella le respondió igual.

Se sentó enfrente y comenzaron a hablar.

–Como nos hemos encontrado a través de una página de aficionados al horóscopo, deduzco que eres una apasionada del tema.

–Oh sí, desde hace mucho.

–Yo creo a medias. Pienso que hay mucha superchería y estafadores que se aprovechan de los crédulos. Aunque también reconozco que es una creencia muy antigua.

–Si, pero también hay muchas publicaciones sobre ello e incluso he visto documentales del National Geographic y del Canal Historia; programas serios.

–Creo que es una cuestión de creencias, de fe, como el tarot o lectura de las manos… algo así.

Siguieron charlando. Volvieron a verse. Se comprometieron. Soledad veía confirmada su credulidad en la compatibilidad de su signo con Capricornio. Sin embargo, cuando fueron al juzgado a por la documentación para la boda se enteró de que Jaime había nacido en julio. Dudó entonces, pero acabó escogiendo la felicidad, aunque eso pusiese patas arriba todas las constelaciones.

 

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Lo que nunca me dijo

Palacio de los condes de Arriba. Cehegín. Murcia

Hacía siete años que no pisaba nuestra casona solariega: un palacio en el campo, en medio de cultivos y bosques. Allí vivía mi madre con algunos sirvientes; a ella no le gustaban las formas de vida propias de la Corte, donde estaba mi padre, sirviendo al rey Fernando VII. En esta casona viví y disfruté hasta que cumplí los dieciocho años. A esa edad mi padre me llamó a Madrid, a su lado, para hacer carrera en el entorno más cercano al rey. Sin embargo, cuando este enfermó decidió alejarme de un ambiente cada vez más enrarecido y regresé.
Al día siguiente a mi llegada, mi madre dijo que quería hablarme. Me preocupé, no debían ser buenas noticias. Lo soltó de golpe: “tienes un bastardo”. Más que pasmado me quedé atónito. “De Dolores”, añadió. Era norma en la época que los señores se estrenaran sexualmente con las sirvientas; y eso hice yo, aunque no forcé a Dolores: los dos queríamos. Ella tenía quince años entonces. La había olvidado por completo y ahora, de golpe, aparecía un hijo bastardo. Mi madre afirmó que todo estaba solucionado y que el niño se encontraba bien. Cuando se leyó su testamento, años después, me enteré de que Emilio, el caballerizo al que tanto maltrataba, era mi hijo.

La investigación

 

Fuente: https://www.yorokobu.es

La investigación que estaba realizando me absorbía totalmente. Siempre me ocurría cuando emprendía un nuevo proyecto; llegaba a obsesionarme. Pero, en esta ocasión, la obstinación iba más allá de lo que podía considerarse normal: vivía dedicado a ese trabajo, exclusivamente. Se trataba del encargo de una extraña fundación con sede en Ginebra: quería que investigase sobre la brujería en los países protestantes durante la época del Barroco. Me había comprometido y debía cumplir. Estaba en una fase inicial, aunque ya había acumulado bastante información, alguna de primera mano y desconocida hasta ese momento. Sin embargo, me atasqué.

Ese día estaba exhausto, mi mente ya no daba más de sí. Decidí salir a pasear un rato y, de paso, acercarme a una tienda de discos, de las pocas que iban quedando en la ciudad, para buscar un par de obras relacionadas con la temática de mi investigación. La tienda era pequeña, pero ofrecía bastante surtido, especialmente de música clásica; incluso disponía de vinilos, otra vez de moda tras décadas postergados. El fondo musical estaba organizado por autores así que, como sabía lo que quería, fui directamente a los estantes que contenían la letra D y la P. Buscaba “La bruja del mediodía” de Antonin Dvorak y “Las brujas” de Niccolò Paganini. Era una vieja costumbre: cuando investigaba algo, procuraba escuchar música del período o del tema en cuestión, así era más fácil entrar en el espíritu de la época.

La tienda estaba casi vacía, tranquila. Ya con los discos en la mano me dediqué a ojear algunas de las novedades. Fue entonces cuando me percaté de la presencia de una mujer de mediana edad, muy bella, pelirroja, vestida con un conjunto negro que contrastaba con el tono de su pelo.

–Vaya, veo que le interesa el tema de la brujería –dijo, dirigiéndose ahacia mí y viendo los cedés que llevaba en la mano.

A partir de ahí iniciamos una conversación sorprendente e interesante. Conocía bien el mundo de la brujería, no solamente desde una perspectiva esotérica sino también académica. Era violinista y se estaba tomando un año sabático después de una gira agotadora; eso me dijo. Hablamos después de música, de arte, de literatura; congeniamos enseguida. Le propuse tomar un café y aceptó. Entramos en una cafetería cercana, un lugar con pretensiones aunque acogedor. Nos sentamos en una mesa situada junto a un gran ventanal que facilitaba una espléndida vista de la calle. Comenzó a llover y eso contribuyó a crear un ambiente más intimista. Me encontraba a gusto allí, con aquella mujer, Carolina. Me escuchó atenta cuando le comenté mi actual investigación y se ofreció a ayudarme, si podía.

Nos vimos al día siguiente, también por la tarde. Ella vino a mi casa y allí, sobre el material recopilado, le expliqué con detalle lo que estaba haciendo, mis dificultades. Puso atención. Me gustaba su actitud, incluso a mi gato Rómulo pareció agradarle, cosa extraña porque era muy arisco; se dejaba acariciar por ella con un ronroneo profundo. Me comentó que también tenía un gato, se llamaba Seth. Amaba a los animales, más que a las personas la mayoría de las veces, explicó con una sonrisa maliciosa.

La invité a cenar. Yo no cocinaba, pero pedimos varios platos a un restaurante hindú y nos los comimos en casa, acompañados de un buen vino. Se nos hicieron las tantas y ocurrió lo inevitable: se quedó a dormir. Desnudos, sucumbimos al deseo de forma natural, sin estridencias pero con pasión, hasta el agotamiento.

Cuando desperté, Carolina se había marchado. Su olor, dulce e intenso, aún permanecía en mi piso. Llamé a Rómulo, no contestó. Tampoco lo busqué, ya tendría hambre y vendría. Desayuné y volví al trabajo. Encendí el ordenador y abrí la carpeta correspondiente. Casi me da un infarto: ¡toda mi investigación perdida, mis meses de trabajo desaparecidos! Hasta la copia de seguridad que tenía en un disco externo estaba borrada. Una oleada de rabia, de ira, me invadió; agoté todos los insultos que conocía. Carolina me había jodido bien.

Busqué su nombre en internet y, en efecto, era una violinista rumana, pero tenía más de setenta años y vivía en Bucarest. Intenté contactar con ella y no lo logré. Mi gato también desapareció.

 

 

 

 

El ajedrez

El Rey Negro se enrocó en una esquina del campo de batalla, protegido por una de sus torres y varios peones. Era un enfrentamiento crudo, áspero, en que los combatientes pretendían controlar el centro del tablero. Los peones de ambos bandos, prescindibles, eran sacrificados para lograr ese objetivo. Los caballeros y los alfiles blancos rompían las líneas de las tropas negras y estas retrocedían para proteger a su Rey, amenazado por el avance enemigo.

Ante las buenas perspectivas de la batalla, el Rey Blanco decidió avanzar unas casillas, siempre bien escoltado. Hasta entonces, las respectivas Damas se habían mantenido en un discreto segundo plano. Pero el curso de la batalla reclamaba ya su actuación.

Tras caer herido un caballero negro, el alfil blanco que se movía por la diagonal de su mismo color vio a la hermosa Dama Negra: era un objetivo fácil. Sin embargo, se quedó pasmado, embobado con su belleza; aplazó su ataque porque no podía concebir la muerte de tanta hermosura. Esta duda le costó la vida y, a las blancas, la victoria. Finalmente, ambos bandos firmaron tablas en paz.

 

 

El objeto extraordinario

Este es el extracto de tu primera entrada.

cometa

La familia se puso en marcha en aquel viejo trasto. Llevaba tanto tiempo con ellos que hasta tenía nombre: Fittipaldi, Fitti para abreviar. Estaba claro que la referencia al piloto brasileño, si tuvo sentido alguna vez, lo había perdido por completo; el coche no pasaba de noventa kilómetros por hora ni cuesta abajo. Eso sí, estaba brillante como una patena y era cuidado con esmero.

Hacía calor. Alonso, el padre, esperaba que no se calentase el motor; procuraba no forzarlo y se adaptó a una velocidad de crucero moderada. Matilde, la madre, se abanicaba parsimoniosamente a pesar de que la ventilación del coche estaba a máxima potencia. Cristina, la hija mayor, miraba absorta el monótono paisaje y pronto daría algunas cabezadas. Salvador, el hijo pequeño, jugaba con su videoconsola y, sencillamente, era ajeno a todo cuanto acontecía en el habitáculo del coche. Se concentraba en un juego que consistía en derribar naves extraterrestres que pretendían conquistar la Tierra.

Su padre estaba cansado de repetirle que se dejara esos juegos de guerras intergalácticas y que se dedicara, si le gustaba el espacio, a estudiar matemáticas y física, y se dejara esas zarandajas de extraterrestres.  Salvador decía que sí pero luego continuaba a la suya; su pasión era la ciencia-ficción, los extraterrestres, los meteoritos destructores, … Todo lo relacionado con el espacio le interesaba.

Alonso y Matilde estaban preocupados. Hacer un viaje tan largo para la boda de su sobrina era una molestia  que, no obstante, no podían eludir. Al trasladarse a vivir tan lejos la comunicación fue perdiéndose poco a poco: el teléfono y, recientemente, el Skype, les permitían estar al día, pero no podían suplir el contacto personal y la afectividad que ello genera. Pero los dos hermanos eran los últimos miembros de la familia que quedaban vivos y ello creaba una fuerte resistencia a perder totalmente la conexión.

Matilde pensaba en el regalo. Al final se había decidido por unos pendientes de oro blanco. Eran caros, a Alonso lo había engañado con el precio, pero merecían la pena y, además, no podían quedar como unos pobretones sin gusto. Su marido había sugerido darles dinero pero ella lo consideraba una grosería.

Tardarían unas ocho o nueve horas en llegar con paradas incluidas; la arribada sería después de la cena, a las once o las doce; del coche a la cama, decía Matilde. Pero en verano era mejor hacer parte del viaje en las horas de fresco y no de cara al tórrido mediodía. Confiaban en Fitti que, de momento, se comportaba como un campeón.

La boda se celebraría en un hotel de lujo que contaba con su propia capilla. Después de la ceremonia estaba previsto el convite. No se acordaban del menú pero al menos se ofrecían seis platos, algunos bautizados con nombres que parecían creados por poetas. Gerardo, el hermano de Alonso, era así. No hacía las cosas por darse importancia pero le gustaba disfrutar de lo mejor en todo. Su trabajo de ingeniero le daba para esos gustos. Después del convite, los invitados podían quedarse a dormir en el hotel y ellos lo harían.

Anochecía y el paisaje era más montañoso. Iban apareciendo las primeras sombras y la temperatura comenzaba a bajar. Las estrellas tintineaban en el cielo, ya más negro que azul. De repente el indicador de temperatura del coche se puso rojo y comenzó a salir humo del capó.

–¡Ya se ha calentado el motor!– exclamó Alonso–. Tenemos que parar un momento.

Arrimó el coche al arcén y sacó una linterna para salir del vehículo y, con cuidado, levantar el capó. Una gran cantidad de humo  se dispersó con la misma rapidez que había surgido.

–Salvador, abre el maletero y saca el bidón del agua.

Este obedeció y con la linterna buscó el bidón. Vislumbró entonces, a lo lejos, una luz algo más grande que una estrella y que se movía con rapidez. Abandonó el bidón y se concentró en la luz que acababa de descubrir. El resto de su familia también la vio.

–Mirad, una estrella fugaz –gritó Cristina.

–Eso no es una estrella fugaz –aseguró Salvador–. Se dirige hacia la Tierra, hacia nosotros.

El objeto, porque ya no se le podía calificar de estrella, se acercaba a gran velocidad. Se pusieron nerviosos. Su luminosidad hacía ya innecesaria la linterna. A los pocos segundos el objeto impactó muy cerca de donde ellos estaban. Se produjo un gran estruendo pero no hubo explosión. Estaban paralizados, sin saber qué hacer.

–¡Vamos a verlo de cerca!– chilló Salvador.

–Ni se te ocurra– ordenó su madre.

–Llena de agua el depósito del coche, rápido. Y vámonos –dijo Alonso categórico.

El objeto aún emitía luz aunque esta iba debilitándose por momentos. Salvador cumplió la orden de su padre y guardó el bidón. Fue Cristina la que distinguió dos formas humanas que salían del bosque: eran un hombre y una mujer, esto estaba claro porque caminaban aparentemente desnudos.

–¡Mirad allí, junto al bosque!– dijo asustada.

–¡Entrad en el coche, rápido, todos!– mandó Alonso sin perder de vista a los extraños seres.

Los dos individuos se acercaron al coche. Miraban a la familia y al vehículo pero no se movían.

–¿Qué planeta es este? ¿En qué año estelar estamos? Hemos tenido una avería– dijo el ser masculino con una voz metálica y en inglés.

Cristina, la única que sabía ingles, respondió:

–Es la Tierra y estamos en el año 2015 de la era cristiana.

El ser femenino sacó, sin saber de dónde, una especie de minúsculo artilugio y lo consultó.

–Gracias por la información –respondió en español. Lo guardó y continuaron su camino carretera abajo.

A lo lejos se observaron unas luces rojas y azules y se oía el ulular de las sirenas de los coches de policía que se dirigían hacia donde ellos estaban.

–Es hora de irse –dijo Alonso con voz entrecortada–. Y cuando volvamos a casa hablaremos; quizás tenga que pedirte disculpas –afirmó mirando a su hijo.

Texto presentado al reto semanal de Portaldelescritor (19-mayo-2017). Un relato en el que ocurran estas cosas: un coche se estropea; alguien ve algo extraño en el cielo; hay una boda; alguien cambio de opinión sobre algo.