Los números

Fuente de la imagen: http:// iic.uam.es
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En las clases de secundaria se les dice a los alumnos que las matemáticas son un lenguaje que nos ayuda a comprender la realidad y así poder actuar sobre ella. Es, por tanto, un instrumento del conocimiento. Un mal ejemplo les estamos dando con el baile de las estadísticas sobre el COVID-19. Las continuas variaciones de las series y las distintas maneras en que cada autonomía contabiliza los distintos fenómenos –muertes, infectados, hospitalizados en UCI, fechas de inicio de los procesos,…–  impiden comprender la verdadera magnitud de la epidemia. Y sin ese dato es difícil avanzar. Demos un buen ejemplo a nuestros adolescentes y seamos capaces de ofrecer y utilizar unos datos válidos y comparables. Es un derecho para cualquier ciudadano y una herramienta imprescindible para los científicos.

Los bulos

Fuente:https://plenainclusionmadrid.org/noticias/bulos-coronavirus/

Si hay algo innato en las personas es la curiosidad, el deseo de saber. Durante muchos siglos, desde la Grecia clásica, ese deseo estuvo mediatizado por la dificultad para difundir el conocimiento: tablillas de cera, bambú, pergaminos… Medios escasos y costosos. Ni siquiera la difusión de la imprenta supuso un avance extraordinario a medio plazo; dos razones lo explican: los libros eran caros y poca gente sabía leer.

La verdadera revolución en la difusión de la información llegó con Internet. La Red nos permite dirigirnos a un público mundial, del que la única frontera que nos separa es la idiomática. Permite, además, que cualquiera pueda exponer lo que piensa o cree. Esta democratización de la información tiene, no obstante, un lado oscuro.

Este lado oscuro se manifiesta especialmente en momentos de desazón social, de incertidumbres colectivas. En esos momentos es cuando más necesitamos explicaciones que nos hagan comprender los fenómenos y los miedos que nos afectan. Ansiosos, bajamos la guardia y tendemos a creer, entonces, que todos los mensajes que nos llegan son ciertos, que están basados en evidencias y datos avalados por procedimientos científicos. Y si el que los transmite está imbuido por la autoridad de la profesión –médico, periodista, científico…– nuestra credulidad es casi total. Aunque lo que estemos leyendo o escuchando nos chirríe

A veces, tras esos discursos aparentemente serios y fundamentados, subyacen interpretaciones ideológicas o interesadas que pretenden desinformar o, simplemente, manipular. Debemos analizar bien esos mensajes: identificación clara del autor o autores, presencia de datos verificables a través de la cita de las fuentes y referencias a otras investigaciones sobre el tema. Si estos avales no aparecen estamos frente a simples opiniones, no frente a análisis científicos y serios.

La difusión malévola de ese tipo de mensajes los convierte en bulos. Podemos desenmascararlos utilizando la educación, la cultura y la información contrastada. Esa es nuestra libertad.