La salida

Llevaba entre aquellas cuatro paredes más de una década. Estaba acostumbrado a los espacios reducidos, a los muros que delimitaban el cielo, a la rutina diaria, a no pensar qué tendría que hacer mañana, a no responsabilizarse de sus decisiones. No tenía libertad, era cierto, pero a cambio obtuvo una seguridad y una estabilidad que nunca antes había podido gozar.

Estaba sentado ante el director de la cárcel, cumplimentando el papeleo para salir. Su condena había finalizado: era libre. Sin embargo, no se le veía contento ni, mucho menos, ansioso.

Se encaminó en silencio a la puerta de la prisión, acompañado por un guardia. Su semblante palideció, su corazón se aceleró tanto que podía oír sus pulsaciones. Al otro lado no había nadie esperándole, únicamente un mundo hostil que ya no conocía. Tendría que enfrentarse solo a un destino incierto; una célula extraña en un cuerpo que intentaría destruirla. Sintió pánico, comenzó a sudar exageradamente, se tambaleó, creía que se moría. El guardia se acercó para ayudarle. Fue entonces cuando le golpeó con saña. La puerta se cerró de inmediato, pero su ritmo cardiaco se normalizó.

 

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