Melissa

Third Avenue and 149 St. intersection in the Bronx, New York, on Oct. 9, 2016. (Samira Bouaou/Epoch Times)

Melissa fue mi alumna en la clase de K8. Tenía entonces diez u once años y, en realidad, le correspondía un nivel de K6 pero manifestaba  un claro perfil de superdotada. Nuestro colegio estaba situado en el sur del Bronx, una zona conflictiva y degradada de Nueva York. No me agradó el destino como profesora pero tampoco pude elegir.

Un día, al acabar la clase, se me acercó y preguntó:

–Profesora, ¿por qué lleva usted una pistola en el bolso?

–¿Cómo sabes eso?

–Se la vi ayer, cuando usted guardaba los cuadernos y la apartó para hacer sitio.

–La llevo para protegerme. Algunos días acabo tarde las clases y tengo que coger el metro. Sabes que de noche es peligroso –le dije a modo de justificación.

–La pistola no le servirá de nada. Mi tío Ramón tenía una y lo mataron igualmente.

–Es posible. En realidad no creo que la utilice, pero me da seguridad.

–Si la lleva acabará utilizándola– me respondió con una madurez sorprendente.

–Pero entonces, ¿qué hago?

–Lo que usted puede hacer no se ve de forma inmediata; es a largo plazo. Usted puede educarnos, enseñarnos a comprender el mundo y, después, a mejorarlo. Esa es su fuerza.

Me quedé pensativa tratando de entender su comentario. Poco después su madre me lo explicó: su tío y su joven primo fueron asesinados en un ajuste de cuentas. La niña había comprendido que la violencia no solucionaba los problemas sino que los llevaba al límite. Melissa, a pesar de su corta edad, supo ver eso; y, al mismo tiempo, que la única posibilidad de salvación estaba en la educación, sobre todo para los pobres como ella y su familia. Mucho más tarde me enteré, con inmensa alegría, que había sido admitida en la City University of New York.

El Paraíso

Todos cabemos en el paraíso; eso le decía el sacerdote. Pero luego, la calle lo desmentía. Cuando encontró a la chica, pensó un momento qué hacer, porque estaba claro que tenía que actuar. La imagen de ella con la jeringa clavada en la vena del brazo, le había conmocionado. Llamó a emergencias y esperó la llegada de la ambulancia. Antes, tiró por el wáter el paquete con heroína que había encontrado a su lado.

La trasladaron, inconsciente, a un hospital donde la dejaron ingresada. Tardaría varios días en recuperarse y luego sería enviada a una clínica de desintoxicación. Ya era la segunda vez que esto ocurría y sabía que no podría protegerla eternamente.

Además, por lo que había visto en la habitación, también se dedicaba a traficar. El problema se agravaba: era seguro que ella todavía no habría pagado el paquete que tiró. Y eso representaba varios miles de dólares que alguien reclamaría.

La solución sería esconderla en algún lugar, apartarla de las calles donde la esperaba una muerte segura. Se acordó entonces de un motel situado en pleno desierto y a cuyo dueño conocía. Ella pudo entrar en El Paraíso.

La epidemia

“El Triunfo de la Muerte”. Pieter Brueghel, h. 1562. Museo del Prado.

La epidemia se iba extendiendo por doquier. Los cadáveres se amontonaban en las calles sin que nadie los recogiera y, cada día, su número aumentaba. Lo más horrible eran las pústulas en el rostro; facciones deformadas hasta lo grotesco y bubones supurando un líquido rojizo. Poco después llegaba el vómito negro: la muerte. Y, con ella, el espanto de los supervivientes.

Inés se había refugiado en una capilla y allí permanecía sola, aterrada, sin atreverse a salir. El miedo le hacía temblar. Escuchó un ruido y se puso tensa. De repente, la puerta se abrió y entró un muchacho. No parecía enfermo. Se miraron y ambos sonrieron. Le dijo su nombre: Samuel.

Estaba anocheciendo y hacía frío. Se acurrucaron uno junto al otro. Él la acarició y ella respondió a su contacto. Se besaron con una intensidad inaudita para sus débiles cuerpos; se amaron con furia, con prisas adolescentes, como si el mundo se fuese a acabar.

–¿Estaremos siempre juntos? – preguntó ella.

–Sí.

Cuando la epidemia concluyó, en la capilla de San Judas Tadeo, hallaron abrazados los cadáveres de dos jóvenes.

Texto presentado al reto semanal de Portaldelescritor (16-junio-2017). Mezcla de géneros: amor y terror. Extensión máxima: 15 líneas. Seleccionado.  Grupo de Facebook. Seleccionado

La confesión

Era miércoles. En el colegio, todos los miércoles nos confesábamos y asistíamos a misa. La cola ante el confesionario era larga, lo cual nos hizo suponer que el confesor era el padre Carloni. Sabíamos que la cola no estaba provocada por la importancia de nuestros pecados, que siempre eran los mismos y estaban relacionados, casi todos, con el sexto mandamiento. Sin duda, era el que más incumplíamos.

El padre Conforti tenía una peculiaridad: no ponía las tradicionales penitencias de plegarías y oraciones. Simplemente te daba guantazos; tantos pecados tantos guantazos. Variaba la intensidad, claro. No era lo mismo quitarle cinco duros a tus padres que pillarte con una revista porno. Aunque, hay que decirlo, siempre sonreía. Ese día cobramos todos; estábamos a las puertas de la primavera.

Esta metodología le funcionaba bien. Había adquirido, incluso, un cierto arte en la gradación del guantazo. Todo discurría con normalidad hasta que, en una de estas ocasiones, un compañero, harto de frailes, de misas, de bofetadas, de estar castigado los domingos por la tarde, se revolvió y le atizó un puñetazo que acabó con el padre Conforti inconsciente sobre el confesionario.

Es cierto que nunca volvimos a ver a nuestro compañero pero también es cierto que el padre Conforti no nos volvió a confesar jamás.

El río.

rio nilo

 

El río se lo había tragado todo. El verdor del valle había desaparecido por completo y había sido sustituido por una capa de lodo, color marrón, que se extendía por ambas márgenes del río. Los límites de los campos se diluyeron, las acequias desaparecieron, los caminos habían dejado de existir. Solamente las aldeas situadas en los altozanos próximos se salvaron de las aguas.

Sinuhé y su familia contemplaban con alegría la devastación extendida a sus pies; estaban felices. Este año la inundación había sido provechosa, no como la del año pasado que arrasó todo, condenándolos al hambre. Esta había durado casi dos semanas, tiempo suficiente para el limo se deposite sobre las tierras y que estas se renueven y fertilicen.

–¡El año próximo tendremos una gran cosecha! – afirmó Sinuhé.

Se arrodillaron hacía donde fluían las aguas y agacharon sus cabezas hasta que sus frentes tocaron el suelo. Oraron a Satet (la diosa del río): “Oh, Satet, que nos traes cada año el germen de la vida y de la muerte, acepta nuestras ofrendas”. Al levantarse, observaron la inmensidad ocre del desierto que los rodeaba por todas partes menos por una.

Texto presentado al reto semanal de Portaldelescritor (23-junio-2017). Comenzar un relato con la frase. “El río se ha tragado todo”. Extensión máxima: 15 líneas. Seleccionado.  Grupo de Facebook

El objeto extraordinario

Este es el extracto de tu primera entrada.

cometa

La familia se puso en marcha en aquel viejo trasto. Llevaba tanto tiempo con ellos que hasta tenía nombre: Fittipaldi, Fitti para abreviar. Estaba claro que la referencia al piloto brasileño, si tuvo sentido alguna vez, lo había perdido por completo; el coche no pasaba de noventa kilómetros por hora ni cuesta abajo. Eso sí, estaba brillante como una patena y era cuidado con esmero.

Hacía calor. Alonso, el padre, esperaba que no se calentase el motor; procuraba no forzarlo y se adaptó a una velocidad de crucero moderada. Matilde, la madre, se abanicaba parsimoniosamente a pesar de que la ventilación del coche estaba a máxima potencia. Cristina, la hija mayor, miraba absorta el monótono paisaje y pronto daría algunas cabezadas. Salvador, el hijo pequeño, jugaba con su videoconsola y, sencillamente, era ajeno a todo cuanto acontecía en el habitáculo del coche. Se concentraba en un juego que consistía en derribar naves extraterrestres que pretendían conquistar la Tierra.

Su padre estaba cansado de repetirle que se dejara esos juegos de guerras intergalácticas y que se dedicara, si le gustaba el espacio, a estudiar matemáticas y física, y se dejara esas zarandajas de extraterrestres.  Salvador decía que sí pero luego continuaba a la suya; su pasión era la ciencia-ficción, los extraterrestres, los meteoritos destructores, … Todo lo relacionado con el espacio le interesaba.

Alonso y Matilde estaban preocupados. Hacer un viaje tan largo para la boda de su sobrina era una molestia  que, no obstante, no podían eludir. Al trasladarse a vivir tan lejos la comunicación fue perdiéndose poco a poco: el teléfono y, recientemente, el Skype, les permitían estar al día, pero no podían suplir el contacto personal y la afectividad que ello genera. Pero los dos hermanos eran los últimos miembros de la familia que quedaban vivos y ello creaba una fuerte resistencia a perder totalmente la conexión.

Matilde pensaba en el regalo. Al final se había decidido por unos pendientes de oro blanco. Eran caros, a Alonso lo había engañado con el precio, pero merecían la pena y, además, no podían quedar como unos pobretones sin gusto. Su marido había sugerido darles dinero pero ella lo consideraba una grosería.

Tardarían unas ocho o nueve horas en llegar con paradas incluidas; la arribada sería después de la cena, a las once o las doce; del coche a la cama, decía Matilde. Pero en verano era mejor hacer parte del viaje en las horas de fresco y no de cara al tórrido mediodía. Confiaban en Fitti que, de momento, se comportaba como un campeón.

La boda se celebraría en un hotel de lujo que contaba con su propia capilla. Después de la ceremonia estaba previsto el convite. No se acordaban del menú pero al menos se ofrecían seis platos, algunos bautizados con nombres que parecían creados por poetas. Gerardo, el hermano de Alonso, era así. No hacía las cosas por darse importancia pero le gustaba disfrutar de lo mejor en todo. Su trabajo de ingeniero le daba para esos gustos. Después del convite, los invitados podían quedarse a dormir en el hotel y ellos lo harían.

Anochecía y el paisaje era más montañoso. Iban apareciendo las primeras sombras y la temperatura comenzaba a bajar. Las estrellas tintineaban en el cielo, ya más negro que azul. De repente el indicador de temperatura del coche se puso rojo y comenzó a salir humo del capó.

–¡Ya se ha calentado el motor!– exclamó Alonso–. Tenemos que parar un momento.

Arrimó el coche al arcén y sacó una linterna para salir del vehículo y, con cuidado, levantar el capó. Una gran cantidad de humo  se dispersó con la misma rapidez que había surgido.

–Salvador, abre el maletero y saca el bidón del agua.

Este obedeció y con la linterna buscó el bidón. Vislumbró entonces, a lo lejos, una luz algo más grande que una estrella y que se movía con rapidez. Abandonó el bidón y se concentró en la luz que acababa de descubrir. El resto de su familia también la vio.

–Mirad, una estrella fugaz –gritó Cristina.

–Eso no es una estrella fugaz –aseguró Salvador–. Se dirige hacia la Tierra, hacia nosotros.

El objeto, porque ya no se le podía calificar de estrella, se acercaba a gran velocidad. Se pusieron nerviosos. Su luminosidad hacía ya innecesaria la linterna. A los pocos segundos el objeto impactó muy cerca de donde ellos estaban. Se produjo un gran estruendo pero no hubo explosión. Estaban paralizados, sin saber qué hacer.

–¡Vamos a verlo de cerca!– chilló Salvador.

–Ni se te ocurra– ordenó su madre.

–Llena de agua el depósito del coche, rápido. Y vámonos –dijo Alonso categórico.

El objeto aún emitía luz aunque esta iba debilitándose por momentos. Salvador cumplió la orden de su padre y guardó el bidón. Fue Cristina la que distinguió dos formas humanas que salían del bosque: eran un hombre y una mujer, esto estaba claro porque caminaban aparentemente desnudos.

–¡Mirad allí, junto al bosque!– dijo asustada.

–¡Entrad en el coche, rápido, todos!– mandó Alonso sin perder de vista a los extraños seres.

Los dos individuos se acercaron al coche. Miraban a la familia y al vehículo pero no se movían.

–¿Qué planeta es este? ¿En qué año estelar estamos? Hemos tenido una avería– dijo el ser masculino con una voz metálica y en inglés.

Cristina, la única que sabía ingles, respondió:

–Es la Tierra y estamos en el año 2015 de la era cristiana.

El ser femenino sacó, sin saber de dónde, una especie de minúsculo artilugio y lo consultó.

–Gracias por la información –respondió en español. Lo guardó y continuaron su camino carretera abajo.

A lo lejos se observaron unas luces rojas y azules y se oía el ulular de las sirenas de los coches de policía que se dirigían hacia donde ellos estaban.

–Es hora de irse –dijo Alonso con voz entrecortada–. Y cuando volvamos a casa hablaremos; quizás tenga que pedirte disculpas –afirmó mirando a su hijo.

Texto presentado al reto semanal de Portaldelescritor (19-mayo-2017). Un relato en el que ocurran estas cosas: un coche se estropea; alguien ve algo extraño en el cielo; hay una boda; alguien cambio de opinión sobre algo.