No, tu historia no da para un libro. Kate McKean

Un artículo interesante para estos tiempos apresurados y en los que todas las opiniones tienen el mismo valor para todo.

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El calor

 

Fuente:https://www.flickr.com/photos/deniwlp84/31810372255

Odiaba el calor. Agazapado en el coche vigilaba la casa gris que tenía enfrente. El motor estaba apagado así que no podía conectar el aire acondicionado; la camisa se le pegaba al torso como una segunda piel. Eran casi las doce de la noche y el termómetro del teléfono móvil aún marcaba veinticinco grados. Sólo con mirarlo, sudaba.

En aquel barrio los aires acondicionados eran escasos. Las ventanas de las viviendas estaban abiertas de par en par, convirtiéndose en escaparates iluminados; observaba perfectamente lo que ocurría adentro. Le era posible, incluso, con el teleobjetivo de la cámara, contemplar detalles que harían las delicias de algún fotógrafo. Ello facilitaba mucho su trabajo.

Se despreciaba a sí mismo por tener que dedicarse  a ese tipo de investigaciones: perseguir a adúlteros. Su objetivo era un hombre maduro, al que observaba fumar apoyado en el marco de la ventana, con el torso desnudo. Podía verla a ella también: una mujer joven, desnuda igual que él, abrazándolo desde detrás. Disparó la cámara varias veces; las fotos serían suficientemente explícitas.

Odiaba el calor, pero, en ocasiones, reconocía que se convertía en su mejor aliado. Arrancó y puso el aire acondicionado; se alejó, el sudor se disipaba, el perenne malestar aminoraba.

La salida

Llevaba entre aquellas cuatro paredes más de una década. Estaba acostumbrado a los espacios reducidos, a los muros que delimitaban el cielo, a la rutina diaria, a no pensar qué tendría que hacer mañana, a no responsabilizarse de sus decisiones. No tenía libertad, era cierto, pero a cambio obtuvo una seguridad y una estabilidad que nunca antes había podido gozar.

Estaba sentado ante el director de la cárcel, cumplimentando el papeleo para salir. Su condena había finalizado: era libre. Sin embargo, no se le veía contento ni, mucho menos, ansioso.

Se encaminó en silencio a la puerta de la prisión, acompañado por un guardia. Su semblante palideció, su corazón se aceleró tanto que podía oír sus pulsaciones. Al otro lado no había nadie esperándole, únicamente un mundo hostil que ya no conocía. Tendría que enfrentarse solo a un destino incierto; una célula extraña en un cuerpo que intentaría destruirla. Sintió pánico, comenzó a sudar exageradamente, se tambaleó, creía que se moría. El guardia se acercó para ayudarle. Fue entonces cuando le golpeó con saña. La puerta se cerró de inmediato, pero su ritmo cardiaco se normalizó.

 

La espera

Fuente: globedia.com

No tardarían mucho. Podía ya, incluso, escuchar sus gritos victoriosos, el golpeo contra las puertas, aporreadas con vehemencia, con la exigencia del vencedor. De vez en cuando, alguna súplica desesperada rompía el ritmo de los alaridos de la soldadesca.
Esperaba con ansiedad que llamaran a la suya. Estaba preparado para que lo capturasen, para que lo torturaran, quizás, o que lo mataran…, tenía miedo, mucho miedo.
Su mundo se derrumbaba. La bondad de sus ideales había sido derrotada por la barbarie y la deslealtad. Quedaban pocos; él estaba solo. Lo agradecía ahora, después de haber visto la tragedia, evitaba así que otros padecieran por su culpa, por su causa.
Se oyeron unos golpes en la puerta, intensos, reiterados. Abrió con el corazón desbocado; con valentía afrontaba su destino. Conocía al jefe del grupo: había sido alumno suyo.
–¡Sígame si quiere salvar su vida! –ordenó aquel hombre.

La invisibilidad

Fuente: https://www.diariolibre.com

Nos enviaban de una patada a las duras calles. Cada día. No se andaban con miramientos; querían que mendigáramos, que robáramos, que nos prostituyéramos, … Quien no se gane el pan, no come, nos decían.
Al lado de los monumentos estábamos nosotros, pero los turistas pasaban por delante sin mirarnos: no existíamos. Les interesaban las piedras, no nosotros. Venían a disfrutar, no a contemplar dolor. Solamente nos veían cuando querían sexo, o cuando corríamos tras birlarles la cartera, o para darnos una miserable limosna. Mientras eso no ocurriese, gozábamos de la invisibilidad de lo que no se quiere ver.

El señor Cayo

Fuente: Wkipedia

El señor Cayo vivía solo en la aldea; bueno, tenía un vecino, pero no se hablaban, así es que, a efectos prácticos, lo estaba. Hace poco pasaron por allí unos jóvenes; hacían campaña electoral para un partido de izquierdas. Le convencieron, pero les dijo que si hablaban con su vecino no los votaría. Los jóvenes no entendieron esa postura tan absurda y fueron en busca del otro habitante de la aldea. Cayo se desentendió de las elecciones y odió más a su vecino.
Una mañana vio, a lo lejos, una figura poco definida: era alta, vestía de oscuro y parecía levitar sobre los campos. No llevaba guadaña, pero sospechó que era la Muerte, que venía a por él. No tenía miedo; la esperaba hacía tiempo. Conforme la figura se acercaba, sus formas se iban definiendo. Entonces observó algo que le aterrorizó: reconoció el semblante del ser más abominable que había conocido. Allí estaba, frente a él, cadavérico y sonriente, Aribert Heim, el médico nazi que experimentó con su cuerpo, y con el de otros miles de presos, en el campo de concentración de Mauthausen. Un mensajero del infierno.
Despertó sudoroso, agitado, tembloroso… Decidió que más tarde iría a buscar a su vecino.

 

Participación en el reto semanal de La Aventura de Escribir: mezclar una obra literaria con la aparición de un mostruo. La obra escogida es El disputado voto del señor Cayo, de Miguel Delibes.

La verdad está ahí arriba

Fuente: El Comercio. Perú.

Soledad consultaba todos los días el horóscopo que aparecía en el periódico. Siendo justos no se podría decir que rigiera su vida en función de las predicciones que allí leía; pero digamos que se dejaba orientar por ellas. Creía a pies juntillas en las características que los astrólogos establecían como propias de cada signo y había leído algunos libros al respecto. Ella lo consideraba un bagaje suficiente para sustentar sus opiniones.

Trabajaba de dependienta en una zapatería, en la misma desde hacía mucho tiempo. Una de las pocas que no habían caído en manos de las grandes cadenas. El dueño, el señor Fidel, tenía plena confianza en ella. Era trabajadora y digna de fiar.

Menuda, morena, con el pelo corto y un físico agradable, aunque no hermoso, seguía soltera. Había tenido pretendientes, pero todas las relaciones acabaron fracasando. Como no podía concebir que las causas dependieran de ella o de ellos, siempre atribuía sus decepciones al destino o a los astros. A veces pensaba que simplemente tenía mala suerte con los hombres, pero eso solamente ocurría cuando estaba deprimida.

Ella era del signo de Piscis. Veía que su forma de ser era un claro ejemplo de lo que se suponía típico de ese signo. Esa tarde tenía una cita con un hombre que era Capricornio; en principio, un signo compatible. Quedaron en una pizzería situada en un centro comercial. Ella llegó primero. Al poco rato, apareció un hombre alto con una bufanda verde; era la señal convenida.

–Buenas tardes, ¿tú debes ser Soledad? –preguntó él.

–Así es. Y tú eres Jaime, ¿verdad?

–Encantado –dijo descendiendo la mejilla para encontrar la de ella buscando un beso a modo de saludo. Ella le respondió igual.

Se sentó enfrente y comenzaron a hablar.

–Como nos hemos encontrado a través de una página de aficionados al horóscopo, deduzco que eres una apasionada del tema.

–Oh sí, desde hace mucho.

–Yo creo a medias. Pienso que hay mucha superchería y estafadores que se aprovechan de los crédulos. Aunque también reconozco que es una creencia muy antigua.

–Si, pero también hay muchas publicaciones sobre ello e incluso he visto documentales del National Geographic y del Canal Historia; programas serios.

–Creo que es una cuestión de creencias, de fe, como el tarot o lectura de las manos… algo así.

Siguieron charlando. Volvieron a verse. Se comprometieron. Soledad veía confirmada su credulidad en la compatibilidad de su signo con Capricornio. Sin embargo, cuando fueron al juzgado a por la documentación para la boda se enteró de que Jaime había nacido en julio. Dudó entonces, pero acabó escogiendo la felicidad, aunque eso pusiese patas arriba todas las constelaciones.