La espera

Fuente: globedia.com

No tardarían mucho. Podía ya, incluso, escuchar sus gritos victoriosos, el golpeo contra las puertas, aporreadas con vehemencia, con la exigencia del vencedor. De vez en cuando, alguna súplica desesperada rompía el ritmo de los alaridos de la soldadesca.
Esperaba con ansiedad que llamaran a la suya. Estaba preparado para que lo capturasen, para que lo torturaran, quizás, o que lo mataran…, tenía miedo, mucho miedo.
Su mundo se derrumbaba. La bondad de sus ideales había sido derrotada por la barbarie y la deslealtad. Quedaban pocos; él estaba solo. Lo agradecía ahora, después de haber visto la tragedia, evitaba así que otros padecieran por su culpa, por su causa.
Se oyeron unos golpes en la puerta, intensos, reiterados. Abrió con el corazón desbocado; con valentía afrontaba su destino. Conocía al jefe del grupo: había sido alumno suyo.
–¡Sígame si quiere salvar su vida! –ordenó aquel hombre.

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La invisibilidad

Fuente: https://www.diariolibre.com

Nos enviaban de una patada a las duras calles. Cada día. No se andaban con miramientos; querían que mendigáramos, que robáramos, que nos prostituyéramos, … Quien no se gane el pan, no come, nos decían.
Al lado de los monumentos estábamos nosotros, pero los turistas pasaban por delante sin mirarnos: no existíamos. Les interesaban las piedras, no nosotros. Venían a disfrutar, no a contemplar dolor. Solamente nos veían cuando querían sexo, o cuando corríamos tras birlarles la cartera, o para darnos una miserable limosna. Mientras eso no ocurriese, gozábamos de la invisibilidad de lo que no se quiere ver.

El señor Cayo

Fuente: Wkipedia

El señor Cayo vivía solo en la aldea; bueno, tenía un vecino, pero no se hablaban, así es que, a efectos prácticos, lo estaba. Hace poco pasaron por allí unos jóvenes; hacían campaña electoral para un partido de izquierdas. Le convencieron, pero les dijo que si hablaban con su vecino no los votaría. Los jóvenes no entendieron esa postura tan absurda y fueron en busca del otro habitante de la aldea. Cayo se desentendió de las elecciones y odió más a su vecino.
Una mañana vio, a lo lejos, una figura poco definida: era alta, vestía de oscuro y parecía levitar sobre los campos. No llevaba guadaña, pero sospechó que era la Muerte, que venía a por él. No tenía miedo; la esperaba hacía tiempo. Conforme la figura se acercaba, sus formas se iban definiendo. Entonces observó algo que le aterrorizó: reconoció el semblante del ser más abominable que había conocido. Allí estaba, frente a él, cadavérico y sonriente, Aribert Heim, el médico nazi que experimentó con su cuerpo, y con el de otros miles de presos, en el campo de concentración de Mauthausen. Un mensajero del infierno.
Despertó sudoroso, agitado, tembloroso… Decidió que más tarde iría a buscar a su vecino.

 

Participación en el reto semanal de La Aventura de Escribir: mezclar una obra literaria con la aparición de un mostruo. La obra escogida es El disputado voto del señor Cayo, de Miguel Delibes.

La verdad está ahí arriba

Fuente: El Comercio. Perú.

Soledad consultaba todos los días el horóscopo que aparecía en el periódico. Siendo justos no se podría decir que rigiera su vida en función de las predicciones que allí leía; pero digamos que se dejaba orientar por ellas. Creía a pies juntillas en las características que los astrólogos establecían como propias de cada signo y había leído algunos libros al respecto. Ella lo consideraba un bagaje suficiente para sustentar sus opiniones.

Trabajaba de dependienta en una zapatería, en la misma desde hacía mucho tiempo. Una de las pocas que no habían caído en manos de las grandes cadenas. El dueño, el señor Fidel, tenía plena confianza en ella. Era trabajadora y digna de fiar.

Menuda, morena, con el pelo corto y un físico agradable, aunque no hermoso, seguía soltera. Había tenido pretendientes, pero todas las relaciones acabaron fracasando. Como no podía concebir que las causas dependieran de ella o de ellos, siempre atribuía sus decepciones al destino o a los astros. A veces pensaba que simplemente tenía mala suerte con los hombres, pero eso solamente ocurría cuando estaba deprimida.

Ella era del signo de Piscis. Veía que su forma de ser era un claro ejemplo de lo que se suponía típico de ese signo. Esa tarde tenía una cita con un hombre que era Capricornio; en principio, un signo compatible. Quedaron en una pizzería situada en un centro comercial. Ella llegó primero. Al poco rato, apareció un hombre alto con una bufanda verde; era la señal convenida.

–Buenas tardes, ¿tú debes ser Soledad? –preguntó él.

–Así es. Y tú eres Jaime, ¿verdad?

–Encantado –dijo descendiendo la mejilla para encontrar la de ella buscando un beso a modo de saludo. Ella le respondió igual.

Se sentó enfrente y comenzaron a hablar.

–Como nos hemos encontrado a través de una página de aficionados al horóscopo, deduzco que eres una apasionada del tema.

–Oh sí, desde hace mucho.

–Yo creo a medias. Pienso que hay mucha superchería y estafadores que se aprovechan de los crédulos. Aunque también reconozco que es una creencia muy antigua.

–Si, pero también hay muchas publicaciones sobre ello e incluso he visto documentales del National Geographic y del Canal Historia; programas serios.

–Creo que es una cuestión de creencias, de fe, como el tarot o lectura de las manos… algo así.

Siguieron charlando. Volvieron a verse. Se comprometieron. Soledad veía confirmada su credulidad en la compatibilidad de su signo con Capricornio. Sin embargo, cuando fueron al juzgado a por la documentación para la boda se enteró de que Jaime había nacido en julio. Dudó entonces, pero acabó escogiendo la felicidad, aunque eso pusiese patas arriba todas las constelaciones.

 

Lo que nunca me dijo

Palacio de los condes de Arriba. Cehegín. Murcia

Hacía siete años que no pisaba nuestra casona solariega: un palacio en el campo, en medio de cultivos y bosques. Allí vivía mi madre con algunos sirvientes; a ella no le gustaban las formas de vida propias de la Corte, donde estaba mi padre, sirviendo al rey Fernando VII. En esta casona viví y disfruté hasta que cumplí los dieciocho años. A esa edad mi padre me llamó a Madrid, a su lado, para hacer carrera en el entorno más cercano al rey. Sin embargo, cuando este enfermó decidió alejarme de un ambiente cada vez más enrarecido y regresé.
Al día siguiente a mi llegada, mi madre dijo que quería hablarme. Me preocupé, no debían ser buenas noticias. Lo soltó de golpe: “tienes un bastardo”. Más que pasmado me quedé atónito. “De Dolores”, añadió. Era norma en la época que los señores se estrenaran sexualmente con las sirvientas; y eso hice yo, aunque no forcé a Dolores: los dos queríamos. Ella tenía quince años entonces. La había olvidado por completo y ahora, de golpe, aparecía un hijo bastardo. Mi madre afirmó que todo estaba solucionado y que el niño se encontraba bien. Cuando se leyó su testamento, años después, me enteré de que Emilio, el caballerizo al que tanto maltrataba, era mi hijo.

Las deudas

Fuente: http://www.salud180.com

Ya se las apañarían para pagar las facturas. Eso pensaban ilusoriamente. Todo tiene un precio y todos tenemos deudas. ¿Quién puede seguir un camino sin pagar peajes?, ni siquiera siendo un ángel, o quizás un demonio; a efectos de pago da igual. Podemos hacer un “simpa”, huir, escondernos, ocultarnos, pero resulta inútil: el pasado reaparece inexorablemente y reclama sus derechos.
Las facturas adquieren formas muy variables: venganzas, arrepentimientos, pesadillas, huidas, etc. Y siempre hay hombres de negro que reclaman nuestras deudas; como les ocurrió a ellos. Quisieron engañarse olvidándolas; pensaron que así estaban amortizadas, pero se equivocaban. El libro del tiempo lo tiene todo escrito y, por tanto, nada queda abandonado.

La investigación

 

Fuente: https://www.yorokobu.es

La investigación que estaba realizando me absorbía totalmente. Siempre me ocurría cuando emprendía un nuevo proyecto; llegaba a obsesionarme. Pero, en esta ocasión, la obstinación iba más allá de lo que podía considerarse normal: vivía dedicado a ese trabajo, exclusivamente. Se trataba del encargo de una extraña fundación con sede en Ginebra: quería que investigase sobre la brujería en los países protestantes durante la época del Barroco. Me había comprometido y debía cumplir. Estaba en una fase inicial, aunque ya había acumulado bastante información, alguna de primera mano y desconocida hasta ese momento. Sin embargo, me atasqué.

Ese día estaba exhausto, mi mente ya no daba más de sí. Decidí salir a pasear un rato y, de paso, acercarme a una tienda de discos, de las pocas que iban quedando en la ciudad, para buscar un par de obras relacionadas con la temática de mi investigación. La tienda era pequeña, pero ofrecía bastante surtido, especialmente de música clásica; incluso disponía de vinilos, otra vez de moda tras décadas postergados. El fondo musical estaba organizado por autores así que, como sabía lo que quería, fui directamente a los estantes que contenían la letra D y la P. Buscaba “La bruja del mediodía” de Antonin Dvorak y “Las brujas” de Niccolò Paganini. Era una vieja costumbre: cuando investigaba algo, procuraba escuchar música del período o del tema en cuestión, así era más fácil entrar en el espíritu de la época.

La tienda estaba casi vacía, tranquila. Ya con los discos en la mano me dediqué a ojear algunas de las novedades. Fue entonces cuando me percaté de la presencia de una mujer de mediana edad, muy bella, pelirroja, vestida con un conjunto negro que contrastaba con el tono de su pelo.

–Vaya, veo que le interesa el tema de la brujería –dijo, dirigiéndose ahacia mí y viendo los cedés que llevaba en la mano.

A partir de ahí iniciamos una conversación sorprendente e interesante. Conocía bien el mundo de la brujería, no solamente desde una perspectiva esotérica sino también académica. Era violinista y se estaba tomando un año sabático después de una gira agotadora; eso me dijo. Hablamos después de música, de arte, de literatura; congeniamos enseguida. Le propuse tomar un café y aceptó. Entramos en una cafetería cercana, un lugar con pretensiones aunque acogedor. Nos sentamos en una mesa situada junto a un gran ventanal que facilitaba una espléndida vista de la calle. Comenzó a llover y eso contribuyó a crear un ambiente más intimista. Me encontraba a gusto allí, con aquella mujer, Carolina. Me escuchó atenta cuando le comenté mi actual investigación y se ofreció a ayudarme, si podía.

Nos vimos al día siguiente, también por la tarde. Ella vino a mi casa y allí, sobre el material recopilado, le expliqué con detalle lo que estaba haciendo, mis dificultades. Puso atención. Me gustaba su actitud, incluso a mi gato Rómulo pareció agradarle, cosa extraña porque era muy arisco; se dejaba acariciar por ella con un ronroneo profundo. Me comentó que también tenía un gato, se llamaba Seth. Amaba a los animales, más que a las personas la mayoría de las veces, explicó con una sonrisa maliciosa.

La invité a cenar. Yo no cocinaba, pero pedimos varios platos a un restaurante hindú y nos los comimos en casa, acompañados de un buen vino. Se nos hicieron las tantas y ocurrió lo inevitable: se quedó a dormir. Desnudos, sucumbimos al deseo de forma natural, sin estridencias pero con pasión, hasta el agotamiento.

Cuando desperté, Carolina se había marchado. Su olor, dulce e intenso, aún permanecía en mi piso. Llamé a Rómulo, no contestó. Tampoco lo busqué, ya tendría hambre y vendría. Desayuné y volví al trabajo. Encendí el ordenador y abrí la carpeta correspondiente. Casi me da un infarto: ¡toda mi investigación perdida, mis meses de trabajo desaparecidos! Hasta la copia de seguridad que tenía en un disco externo estaba borrada. Una oleada de rabia, de ira, me invadió; agoté todos los insultos que conocía. Carolina me había jodido bien.

Busqué su nombre en internet y, en efecto, era una violinista rumana, pero tenía más de setenta años y vivía en Bucarest. Intenté contactar con ella y no lo logré. Mi gato también desapareció.