La diferencia

Fuente: https://kuaderno.com

–¿Quién ha resuelto esta ecuación? –pregunta el profesor.

Clara levanta la mano y sus compañeros le lanzan miradas aviesas. Explica la solución y recibe el parabién del profesor. Está sentada sola, en primera fila; no ve, por tanto, las burlas que le hacen. Tampoco le interesan; sabe que son chiquilladas de unos compañeros con poco seso. Ella tiene nueve años, el resto de su clase catorce o más.

Su madre la exhibe en concursos o conferencias que ella odia, pero que sirven para que su progenitora se pavonee como si fuese la reina del baile. Sabe que es una superdotada y sabe también que debe disimularlo y que, aún así, está sola. Ha comprendido pronto lo que significa la soledad; la marginalidad a la que te conduce la diferencia.

Sigue con la cabeza baja, haciendo las actividades que le mandan; fáciles para ella, imposibles para sus compañeros. Observa que Isabel se le acerca y coloca una mesa al lado de la suya, después se sienta junto a ella. Clara la mira sorprendida y asiente.

–A ti no te quieren por lista, a mí por fea. Así es que debemos querernos nosotras.

–Seremos amigas. Yo te ayudo con los deberes y tú me explicas cómo son los chicos.

–¡Eso es más difícil que resolver ecuaciones! ¡Ni ellos lo saben! –dice Isabel riendo.

 

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Mi alma


Esta foto de Cementerio de Recoleta es cortesía de TripAdvisor.

Mi alma, supongo que ahora soy eso, ha escapado del cuerpo inerte que yace en la cama del hospital. Veo a mi familia, llorosa, compungida, rodear la cama y a los médicos hablar entre ellos, mientras uno dice que no con la cabeza. Deduzco que estoy muerto. Es curioso: no siento nada, ni pena por ellos ni tampoco alegría por haberme liberado de mi carga corporal, que tanto me ha hecho padecer últimamente.

Creo que iré al Cielo; no es que haya sido perfecto pero mis pecados siempre han sido veniales. Paseo por los pasillos y habitaciones del hospital buscando alguna guía. No encuentro a nadie como yo. Sigo buscando porque tampoco tengo otra cosa que hacer. En la sala de autopsias me parece ver una luz que flota, etérea, semejante.

–¿Hola, tú también estás buscando cómo llegar al Cielo? –le pregunto.

–No, yo ya sé como se viaja. Viene un ángel a recogernos y nos conduce allí. Pero es que están de huelga y no hacen servicios. Llevo esperando cuatro días ya.

–¿De huelga? ¿Los ángeles? ¿Por qué? –las preguntas surgen empujándose una a otra.

–Porque reclaman unan modernización de sus alas y nuevos sistemas de vuelo.

–¿Y es que no les importan los usuarios? ¡Sí que estamos creados a su semejanza, sí!

El calor

 

Fuente:https://www.flickr.com/photos/deniwlp84/31810372255

Odiaba el calor. Agazapado en el coche vigilaba la casa gris que tenía enfrente. El motor estaba apagado así que no podía conectar el aire acondicionado; la camisa se le pegaba al torso como una segunda piel. Eran casi las doce de la noche y el termómetro del teléfono móvil aún marcaba veinticinco grados. Sólo con mirarlo, sudaba.

En aquel barrio los aires acondicionados eran escasos. Las ventanas de las viviendas estaban abiertas de par en par, convirtiéndose en escaparates iluminados; observaba perfectamente lo que ocurría adentro. Le era posible, incluso, con el teleobjetivo de la cámara, contemplar detalles que harían las delicias de algún fotógrafo. Ello facilitaba mucho su trabajo.

Se despreciaba a sí mismo por tener que dedicarse  a ese tipo de investigaciones: perseguir a adúlteros. Su objetivo era un hombre maduro, al que observaba fumar apoyado en el marco de la ventana, con el torso desnudo. Podía verla a ella también: una mujer joven, desnuda igual que él, abrazándolo desde detrás. Disparó la cámara varias veces; las fotos serían suficientemente explícitas.

Odiaba el calor, pero, en ocasiones, reconocía que se convertía en su mejor aliado. Arrancó y puso el aire acondicionado; se alejó, el sudor se disipaba, el perenne malestar aminoraba.

La salida

Llevaba entre aquellas cuatro paredes más de una década. Estaba acostumbrado a los espacios reducidos, a los muros que delimitaban el cielo, a la rutina diaria, a no pensar qué tendría que hacer mañana, a no responsabilizarse de sus decisiones. No tenía libertad, era cierto, pero a cambio obtuvo una seguridad y una estabilidad que nunca antes había podido gozar.

Estaba sentado ante el director de la cárcel, cumplimentando el papeleo para salir. Su condena había finalizado: era libre. Sin embargo, no se le veía contento ni, mucho menos, ansioso.

Se encaminó en silencio a la puerta de la prisión, acompañado por un guardia. Su semblante palideció, su corazón se aceleró tanto que podía oír sus pulsaciones. Al otro lado no había nadie esperándole, únicamente un mundo hostil que ya no conocía. Tendría que enfrentarse solo a un destino incierto; una célula extraña en un cuerpo que intentaría destruirla. Sintió pánico, comenzó a sudar exageradamente, se tambaleó, creía que se moría. El guardia se acercó para ayudarle. Fue entonces cuando le golpeó con saña. La puerta se cerró de inmediato, pero su ritmo cardiaco se normalizó.

 

La espera

Fuente: globedia.com

No tardarían mucho. Podía ya, incluso, escuchar sus gritos victoriosos, el golpeo contra las puertas, aporreadas con vehemencia, con la exigencia del vencedor. De vez en cuando, alguna súplica desesperada rompía el ritmo de los alaridos de la soldadesca.
Esperaba con ansiedad que llamaran a la suya. Estaba preparado para que lo capturasen, para que lo torturaran, quizás, o que lo mataran…, tenía miedo, mucho miedo.
Su mundo se derrumbaba. La bondad de sus ideales había sido derrotada por la barbarie y la deslealtad. Quedaban pocos; él estaba solo. Lo agradecía ahora, después de haber visto la tragedia, evitaba así que otros padecieran por su culpa, por su causa.
Se oyeron unos golpes en la puerta, intensos, reiterados. Abrió con el corazón desbocado; con valentía afrontaba su destino. Conocía al jefe del grupo: había sido alumno suyo.
–¡Sígame si quiere salvar su vida! –ordenó aquel hombre.

La invisibilidad

Fuente: https://www.diariolibre.com

Nos enviaban de una patada a las duras calles. Cada día. No se andaban con miramientos; querían que mendigáramos, que robáramos, que nos prostituyéramos, … Quien no se gane el pan, no come, nos decían.
Al lado de los monumentos estábamos nosotros, pero los turistas pasaban por delante sin mirarnos: no existíamos. Les interesaban las piedras, no nosotros. Venían a disfrutar, no a contemplar dolor. Solamente nos veían cuando querían sexo, o cuando corríamos tras birlarles la cartera, o para darnos una miserable limosna. Mientras eso no ocurriese, gozábamos de la invisibilidad de lo que no se quiere ver.